miércoles, 23 de marzo de 2016

Mamá, papá… necesito cambiar de sexo



Growing up trans. Imagen: PBS/Canal+.

España quizá sea uno de los países menos homófobos del mundo, pero siguen dándose suicidios como el de Alan, un joven de diecisiete años transgénero que se quitó la vida por el presunto acoso escolar al que fue sometido en el instituto, según la asociación Chrystallis de familias de menores transexuales.

La visibilidad de las personas transgénero todavía no es la misma a pesar de la Ley de Identidad de Género de 2007, que sale a relucir mucho menos que la del matrimonio entre personas del mismo sexo. Aquí y en el resto del mundo. La misma semana en que se publicaron las desagradables palabras del ministro Fernández Díaz, en Canal+ se estrenó en España una de las últimas entregas de Frontline, la serie de documentales de la televisión pública estadounidense, titulada «Growing up trans» (Crecer transgénero).

Los periodistas Miri Navasky y Karen O’Connor entrevistaron a varios niños y niñas transgénero y a sus familias. Hace años, contaba el reportaje, cuando alguien con disforia de género decidía cambiarse de sexo era una determinación que tomaba en la mitad de su vida. Ahora, con la información que circula y lo que se conoce sobre esta condición, y, sobre todo, a medida que los adultos que dan el paso ganan aceptación, son cada vez más los menores de edad los que demandan el tratamiento. Y no es que quieran cambiarse de sexo, es que lo necesitan.

Lo que decían los chavales no sonaba nuevo. Algunos tenían fantasías suicidas, cuando tenían pesadillas soñaban que no se tomaban los bloqueadores hormonales y les salían pechos, vello o viceversa y, por supuesto, para muchos de ellos el colegio podía llegar a ser una experiencia terrorífica. Luego había momentos un tanto surrealistas. A un adolescente transgénero sus amigos le enseñaban a hablar grave, a muscularse, eructar y no mostrar nunca sus emociones ante las chicas, pero la disforia sexual no va de eso.

Otras escenas planteaban dudas más serias al profano. Los médicos les explicaban a los padres que no sabían si los tratamientos con hormonas podrían tener efectos secundarios, que lo más probable era que no, «en general se tolera bastante bien», decía exactamente el galeno. Los estrógenos o la testosterona se aplican a partir de los dieciséis años, aunque los hay que empiezan con trece o catorce. Y cuando los cambios son de reasignación de sexo, o mastectomías —extirpación de la glándula mamaria—, estos son cambios permanentes. Los padres, hasta los más favorables a las necesidades de hijos transgénero, no ocultaban su miedo y sus dudas por esta cuestión. Son cambios para siempre. En ese momento fue cuando decidí recurrir a la Plataforma Estatal Trans de España y enterarme de primera mano de los riesgos o los planteamientos éticos que puedan tener los cambios permanentes en menores.

Emily Ayuso Cantero, chica transgénero de treinta y dos años, efectivamente confirma que sus casos tienen menos visibilidad: «Queremos conseguir una ley integral de transexualidad en toda España, y no solo por comunidades autónomas, nuestro lema es “Nadie Sin Identidad”, porque de lo que no se habla no existe, o se pretende que no exista, y por lo tanto si no se habla de la identidad de género es como si no existiera; aún nos queda un largo camino para concienciar a la sociedad y educar, pero estamos avanzando».


Emily Ayuso Cantero. Fotografía cedida por Emily Ayuso Cantero.

Emily nació en un pueblo de Badajoz. No recuerda haberse sentido otra cosa que no sea una chica. «Quizá sobre los cinco años fue cuando realmente me identifiqué como niña imitando a mi prima, que era dos años mayor que yo», precisa. Afortunadamente, no sufrió problemas en su entorno familiar por cómo se sentía. Sus preocupaciones solo empezaron cuando su cuerpo experimentó los primeros cambios de la pubertad: «Ahí se me vino el mundo, mi mundo, abajo; mi cuerpo empezó a cambiar y no me gustaban esos cambios, además mis padres se divorciaron y se me juntó todo, pero me refugié en los libros y la autocomplacencia de decirme “seré gay”, aunque siempre sentí que tampoco encajaba ahí, porque a mí lo que realmente me pasaba es que nunca acepté el cuerpo que tenía». En un principio, sigue, aprovechaba que su cuerpo era algo andrógino para poder «jugar» al cambio de rol, pero tras un viaje a Estados Unidos, regresó diciéndole a todo el mundo que era una mujer transgénero y que estaba decidida a ser feliz.

No obstante, se queja de que en España sigue habiendo un «increíble desconocimiento de la transexualidad a nivel social y educativo». Emily es directiva de la Asociación de Transexuales de Andalucía y asegura que su organización constató que muchos pacientes tratados en los UTIG (Unidad de Trastorno de Identidad de Género) sufrían desesperación y depresión por la atención que recibían. Aunque la situación está cambiando. Por ejemplo, en Andalucía ya hay una ley de transexualidad de 2014 y Valencia también prepara la suya. Pero la situación anterior generaba muchos problemas:

Antes estábamos segregadas en centros en teoría especializados llamados UTIG, algo aberrante parecido a los guetos nazis, donde tenían lugar historias para no dormir y había endocrinos y psicólogos que en lugar de ayudar cuestionaban continuamente la identidad de género sentida y expresada por los pacientes. Conozco gente que tenía pavor a ir a la UTIG y no dormían la noche anterior, tenían ansiedad, pero aguantaban porque el deseo de tener el tratamiento era más fuerte que el miedo a los psiquiatras y endocrinos, aunque les hicieran esperar dos años para acceder a él
.

¿Pero y los efectos secundarios de estos tratamientos? ¿Pueden ser peligrosos? Juan Gérvas, médico general jubilado, profesor en la Escuela Nacional de Sanidad y coordinador del Equipo CESCA, un grupo de investigadores sobre la organización de servicios sanitarios, el uso apropiado de sus recursos y la prevención clínica, asegura que no: «la medicación precisa para el cambio no es más agresiva que otras muchas que forman parte de lo que llamaríamos “lo cotidiano”, lo que mata de verdad a los transexuales es el rechazo social».

Examinando la literatura médica que Gérvas nos proporciona, la conclusión es clara: todos los riesgos que pueda tener el tratamiento a una persona transgénero están derivados de una atención médica inapropiada o de la automedicación. Lo fundamental es que el menor esté atendido desde el principio, se siga su evolución y no se deje nada al azar: «Los profesionales de la salud deberían dar atención a estas personas con el convencimiento de que los sentimientos de pertenencia a un género distinto del asignado al nacer son un sentimiento profundo y persistente en el tiempo que necesita en la mayor parte de las ocasiones de un tratamiento hormonal y un seguimiento. Facilitar esta atención mejora el bienestar físico y psicológico de estas personas y mejora el uso de los servicios de salud, dándoles acceso a programas de prevención, que habitualmente no utilizan por miedo a sentirse rechazados o discriminados. Los protocolos de tratamiento hormonal y el seguimiento de las personas transexuales con estos tratamientos son sencillos y deberían ser conocidos por todos los profesionales de la salud».


Imagen: PBS/Canal+.

El hecho científicamente probado es que las terapias hormonales funcionan. Mejoran notablemente la calidad de vida de los pacientes transexuales. A largo plazo, los estudios también muestran que la mortalidad en pacientes transexuales que durante parte de su vida han recibido una terapia hormonal no es más elevada en comparación con la población general. Del mismo modo, tampoco existe ninguna evidencia de que haya un aumento del riesgo de padecer cáncer. Pero como todos los tratamientos con hormonas sexuales, como por ejemplo la píldora anticonceptiva, los medicamentos empleados por las personas transexuales tienen varios efectos secundarios conocidos, como complicaciones cardiovasculares, especialmente trombosis venosa profunda.

En cuanto a los bloqueadores o inhibidores hormonales para menores que se adentran en la pubertad, según Emily, no suponen riesgos: «No tienen efectos secundarios no deseados, pues los efectos son, como su propio nombre indica, bloquear las hormonas que tu cuerpo produce para así retrasar la adolescencia, algo que deseamos las personas transexuales, te lo aseguro. ¡Ojalá yo las hubiera tomado, seguro me hubiera ahorrado mucho dinero en operaciones y demás!».

Cuando los estudios muestran un aumento de la mortalidad en la población trasgénero esta viene asociada directamente al riesgo de suicidio. Pero en una investigación de 2011 realizada con datos de pacientes recogidos entre 1973 y 2003 se sugería que la tasa de suicidios estaba relacionada también con los resultados de las operaciones hasta 1989, no del todo exitosas, y la actitud de la sociedad con las personas transexuales, la intolerancia, especialmente de aquellos años y que afortunadamente ha ido remitiendo en algunos países.

Para confirmar estas dinámicas perversas, Gérvas cita también un estudio elaborado en Brasil, el país que lidera en el mundo el ranking de violencia transfóbica. Es el lugar donde más travestis y transexuales son asesinados cada año. El segundo es México, pero con una cuarta parte de casos. En Brasil la esperanza de vida media de un travesti o transexual es de treinta años. El 90% de ellos se ve obligado a prostituirse para ganarse la vida. El portavoz de Trans Revolution en este país, Gisele Meires, ha denunciado que nunca, ni en ese país ni en todo el mundo, el 90% de integrantes de un colectivo se han visto obligados a prostituirse para sobrevivir. Solo en el estado de Sao Paulo hay una lista de espera (enero de 2015) de tres mil doscientas personas que necesitan una operación de cambio de sexo, pero solo se realiza una al mes. Doce al año.


Imagen: PBS/Canal+.

Entre tanto, la necesidad de ser tratado es lo que conduce al paciente con disforia sexual a la desesperación, depresión y otros factores asociados como pueden ser el abuso de alcohol y drogas, que cuando se está realizando un tratamiento hormonal están absolutamente contraindicados, y si se trata de automedicación el riesgo puede ser mortal.

Así lo expresa Emily: «¿Tú te has sentido alguna vez mujer? ¿Alguna vez has dudado de tu identidad de género? Porque la identidad sexual es otra cosa distinta, hablamos del género que sientes en lo más profundo que tienes y tu condición física. Si la respuesta es no, la misma seguridad con respecto a nuestro género es la que sentimos nosotras. No somos entes distintos socialmente al resto, sentimos lo mismo y lo expresamos igual aunque a veces el error de igualar identidad de género con sexual nos haga parecer gais o lesbianas de cara a la sociedad ignorante».

En ese sentido, una preocupación que expresaban los padres de los niños del documental de Frontline era si algún día, después de los tratamientos, cambiarían de idea. Emily tampoco cree que sea una duda pertinente: «No creo que pueda existir nunca un arrepentimiento de ser y sentirse mujer u hombre con independencia de lo que haya bajo las piernas, no vivimos en cuerpos equivocados, vivimos en una sociedad equivocada que no reconoce la diversidad de formas y expresiones del ser humano; ¿puede haber mujeres con pene y hombres con vulva? Pues sí, ¿por qué no? ¿Acaso un hombre que pierde su pene por un accidente deja de ser hombre? ¿O una mujer estéril deja de ser mujer? Pues no».

Otro caso en el que también insistían los padres de «Growing up trans» era el de perder la posibilidad de tener hijos tras las intervenciones. La opinión de Emily al respecto: «Tener hijos no equivale a que sean, sí o sí, biológicamente tuyos, eso es algo retrógrado y arcaico, hay cientos de miles de niños esperando a tener una familia y a ser queridos y eso no entiende de biología».

En la actualidad, en Andalucía ya hay protocolos educativos bajo el amparo de la Ley de Transexualidad de 2014 para combatir el desconocimiento de la situación de las personas transgénero, pero Emily echa en falta una ley estatal. Mientras tanto, el mayor avance que han encontrado es internet. «Gracias a la red tenemos la posibilidad de acceder a conocimientos que antes no teníamos ni sabíamos que existían, ahora los jóvenes trans tienen información que los adultos no tuvimos y el apoyo social y político por el que nosotros los adultos hemos luchado».

Una protesta de los miembros de la Asociación de Transexuales de Andalucía Sylvia Rivera. Foto cedida por la Asociación de Transexuales de Andalucía Sylvia Rivera.



Álvaro Corazón Rural

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