jueves, 22 de octubre de 2015

Los que se definen “de centro”; son mala gente, pero de tontos, ni un pelo.


Existe un caladero en Alaska donde en algunos días del año se concentran tal cantidad de peces que el mar se convierte en una auténtica caldereta que hace casi imposible la navegación. Allí, las autoridades dirigen con helicópteros las maniobras de pesca para evitar que los cientos de barcos que se juntan arrasen con esos bancos y dejen pelado el mar. Los barcos que abarrotan la bahía esperan una señal que emiten desde el aire, como en las salidas de las competiciones olímpicas, disponiendo de escasos minutos para faenar. Las redes se llenan de pescado, toneladas de peces entran en las bodegas. No pescan, sacan de golpe esa masa que se acumula allí por razones que no vienen al caso. Pasados esos minutos, suena una señal de alarma y, como en los concursos de la televisión, cesa la actividad de inmediato multando al que se excede en el tiempo.


Algo parecido está ocurriendo ahora que se acercan las elecciones. Los partidos se dirigen a los caladeros “del centro”, donde dicen que se encuentra el voto que proporciona la victoria. Allá van raudos los diferentes candidatos a colocarse en posiciones privilegiadas para reventar las urnas con los votos de esa gente absurda que puede votar, presuntamente, a cualquiera, de forma caprichosa, celebrando el mero hecho de votar, eso que llaman la fiesta de la democracia, con la ilusión, supongo, de sentirse protagonistas de algo porque es la única ocasión en la que les consultan su opinión. Y para una vez que les preguntan, van y dicen: “Haced lo que queráis”.

Luego nos quejamos de las promesas incumplidas, pero es que es una tentación captar el entusiasmo de tanto “primo”. Dicho desde el respeto, porque no se me ocurre otra manera de calificar al que le da lo mismo ocho que ochenta y está dispuesto a creerse lo que le echen con tal de que el candidato tenga buen aspecto y la labia suficiente para engatusar sus predispuestos receptores neuronales, insensibles a ideología alguna, que le permiten permanecer en ese espacio virginal libre de la contaminación de la política.

Nunca se había enfatizado tanto en la necesidad de captar ese voto. Todos los que saben de esto de la cosa política entienden que allí está la mayoría del país, y si atendemos a lo que significa tal cosa, el panorama es desolador. Ser de centro, en realidad, es no ser nada, ni carne ni pescado, enemigo de los cambios, socio del que te busca la avería, insensible al dolor ajeno, o ignorante, porque lo único que está claro de todo este circo es quién lanza los cuchillos, pero a dar.

Para que vean la tontería que es eso del “centro”, basta recordar que allí caben Aznar y Esperanza Aguirre; los ladrones que por robar desde el cargo se encuentran en la cárcel; los que desde las organizaciones empresariales claman por la reducción de los salarios y el despido libre; los que montan fundaciones benéficas para captar fondos que terminan en sus bolsillos; los políticos que les dan esos fondos; los políticos que también se llaman socialdemócratas; algún que otro partido emergente; personal de izquierdas que para pasar el filtro de la opinión pública se disculpa ante ella colocándose la etiqueta de centro izquierda; es decir, todos los que aspiran a gobernar se definen “de centro”.

Otros no lo hacen y son vistos como minorías necesarias para cubrir el espectro del hemiciclo sin otra función que dar vida al Parlamento, pero sin la menor posibilidad de llegar a ejercer las labores de gobierno, precisamente por eso, por no definirse en esa indefinición que han conseguido que todo el mundo reconozca como la única vía posible para acceder al poder: “El centro”.

Esta asunción de que “el centro” es sinónimo de “poder” fulmina la esencia de este Sistema. Claro que los señores que ostentan el poder son de “el centro”, sólo faltaría que con lo bien que les va se plantearan alternativas de gobierno. No, ellos no son los tontos de esta película. Son mala gente, pero de tontos, ni un pelo.

Si “el centro” representa a la mayoría, podemos afirmar que el personal no se entera. Llamo personal a lo que otros llaman pueblo soberano porque yo no pido el voto. Para que nos entendamos, el soberano lleva un cetro y una corona, el personal, una cruz y una diadema de poll… Hecha esta precisión científica, prosigo. Si el personal, decía, todavía no se ha enterado de que el poder, esa gente que administra sus vidas, es, precisamente, la causa de todos sus males, tenemos un problema grave y se llama “el centro”. Si “centro” y “poder” son sinónimos, debemos huir del centro como de la peste. El único voto útil es aquel que hoy está contra el poder establecido, lo demás, ir poniendo parches aquí y allá, arreglar goteras tiene sentido sólo para el contratista que se adjudica la obra: es el edificio lo que hay abandonar, hay que mudarse a otro sitio porque la aluminosis ya ha podrido las estructuras a fondo. No podemos colaborar en la construcción de un edificio pensado para que se desplome sobre nuestras cabezas. He ahí la perversión del Sistema: debemos protegernos de aquello que, en teoría, se construyó para protegernos, como el ejército en los regímenes dictatoriales.

“El centro”, para los candidatos, se ha convertido en el uniforme de camuflaje perfecto para parasitar sin ser visto. Lo demás, la justicia, la equidad, la honradez, la voluntad de servicio, de arreglar las cosas, se encuentran a años luz del centro, en una lejana galaxia.

Mientras escribo esto dan por la radio nuevos casos de corrupción donde están implicados cargos de toda la vida. Lo llevan haciendo toda la vida. Lo seguirán haciendo toda la vida porque son de “el centro”. Esa es la máxima aspiración a la que llega el escaso espíritu reformista del personal que vota desde “el centro”: que se robe, pero dentro del orden establecido.

Acaban de sacar una reforma judicial para seguir haciéndolo, para evitar que los fiscales metan las narices en sus chanchullos: Son de “el centro”, por eso sus fechorías se ven como casos aislados, no les pasan factura.

“Orden igual a centro. Centro igual a voto. Voto igual a poder. Poder igual a impunidad. Esa es la secuencia, Sancho”, diría don Quijote.

Contra el TTIP. Contra la Reforma Laboral. Contra la Ley Mordaza. Contra la LOMCE. Contra la privatización de la Sanidad, la Educación, los servicios públicos.

Ya no se habla de estas cosas que tanto juego dieron durante la legislatura. Ahora toca hablar de “el centro”, ese sueño de la estupidez, la codicia y la indiferencia ante el dolor, productor de monstruos que, como Saturno, devoran a sus hijos y perpetúan en el poder a los de siempre.



“El centro”, esa es la bestia.


          

No hay comentarios:

Publicar un comentario