domingo, 27 de diciembre de 2015

Felipe VI traiciona los valores familiares



En su mayestático parrafeo del otro día567c5391b2fe9.r_1451124994091.0-46-800-458desde los nobles salones del Palacio Real, nuestro adusto rey olvidó regalarnos alguna mención a su hermana Cristinita. Ya hasta en las monarquías se están perdiendo los valores familiares. Los obispos deberían decir algo.
Al margen de la vacuidad que siempre acompaña y debe siempre acompañar los discursos de un rey, tampoco hubiera estado de más un entonado mea culpa borbónico por todos los desmanes a los que nos han ido sometiendo estos coronados navegantes del lujo a los españoles desde su Bribón. Este Felipe VI parece querer ser honrado por omisión, poromertà, y yo creo que esa es estrategia que a pocos españoles neuronados aun nos cuela como sedación o paliativo.
imagesLos platónicos monárquicos siempre nos han vendido la burra de que la monarquía ha sido el pegamento cohesionador de las fragmentarias alma y geografía españolas. Durante la Transición, apelando al miedo que nos metía el ruido de sables que algaraban los empleados de Juan Carlos I, nos decían que la monarquía era necesaria para que el jefe de los ejércitos impidiera la rebelión franquista de sus inferiores, con el consiguiente derrame de glóbulos rojos en las cunetas; y hoy nos aleccionan en nuestro vasallaje con razones tan intrincadas como inaprensibles, cual una estúpida y acientífica fe en que la monarquía nos trae tranquilidad, sosiego y bienestar. Pues coño, a uno le da la impresión de que no anda el país demasiado cohesionado, sosegado y tranquilo con la monarquía, por mucho esfuerzo que hayan dedicado al tema los campechanos juancarlos, las rubísimas corinnas, los trileros urdangarines y los elefantes botsuanianos, imprescindibles para comprender la historia de nuestra España reciente. Es lo que tienen la globalización y las trompas.
No es de extrañar que este discurso real haya perdido 1,5 millones de espectadores con respecto al del año anterior, según los datos de audiencia. Como España es un país acobardado, aquí la monarquía se va a terminar por falta de espectadores, y no por el voto republicano. Lo mismo que el franquismo se murió de muerte natural. Yo no sé cómo un país que asesina al año tantos toros puede demostrar tan constante cobardía ante una corona inocua en lo intelectual e inicua en lo ético. Los cuernos deberían de darnos más miedo que las coronas, pero no nos lo dan. Los cobardes no es que no sean arrojados, es que no saben demostrar su valentía cuando es más necesaria.
23Tenemos un país dividido y una falsa monarquía falsamente cohesionadora, sustentada por el heredero de un comisionista multimillonario a quien nadie pide rendir cuentas. Parece mentira que partidos como Podemos o Ciudadanos, que se autoinculpan de regeneradores, no lleven en el primer aliento de su discurso la abolición de esta ridiculez carísima y que lleva décadas degradando en el exterior la marca España, que es como llaman los horteras a nuestro maquillaje internacional.
Yo cada vez que escucho el discurso de un rey, siento que los vasallos somos incluso menos inteligentes que nuestros borbones, o que los entorchados de cualquier otra monarquía. Solo poseen el poder de la sangre heredada, ni siquiera el de la neurona heredada. Que, por cierto, habría que buscar en algún eslabón perdido de nuestra dinástica cadena.
francoYo me bajo cuando mi histórico PSOE no cuestiona a estos gandules, o cuando mi naciente Podemos les otorga el paño caliente del silencio. El referéndum sobre este grano en el culo de la democracia llamado monarquía sí que debe convertirse en la gran prioridad patriótica o nacional.  Sobre todo por buen gusto. Cada vez que enciendo a las diez de la noche la televisión el 24-D y veo a estos señores dándome meapílicos e hipócritas consejos (que ellos nunca cumplen, ay, corrupción), se me mueren dos docenas de ganas de seguir siendo español y un montón de neuronas. Cristinita y Juan Carlos nunca existieron, Felipe VI. No puede haber buen vasallo cuando no existe buen señor que se acuerde de la presunta choriza de su hermana. Y este pobre niño rico hoy llamado rey es vasallo de su sangre. Yo lo que quería, cuando Felipe VI pronunció su discurso de navidad, es saber si Cristinita e Iñaki están bien o están mal, que es preocupación que me tiene el intelecto subyugado. Jolín, pobres.

Aníbal Malvar es periodista y escritor. Su última novela es "La balada de los miserables" (Akal, 2012) 

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