jueves, 25 de febrero de 2016

En España muchos creen que democracia es solamente votar.

“Atado y bien atado”




El famoso legado del franquismo no era político, sino moral. Desde el punto de vista político hemos de reconocer que la derecha española supo absorber y neutralizar a los sectores más extremistas, y no tienen razón aquellos que para criticar al PP afirman que preferirían que existiera en España una extrema derecha bien identificada. Aunque bien es verdad que esa absorción es una de las causas de que el suelo de voto del PP continúe siendo alto. Pero creo que estamos muy bien sin frentes nacionales, amaneceres dorados y nacionalismos extremistas pro-fascistas.

Sin embargo, llevo años preguntándome por dónde andaría germinando la semilla del franquismo, porque la famosa larga cola del 20N del 75 en la plaza de Oriente no se disuelve por arte de magia, por abreviar con un símbolo otros muchos ejemplos que podríamos señalar. Y creo que estamos encontrando una respuesta con este aluvión, no de casos sino de “cultura” de corrupción que metastatiza nuestras instituciones, nuestros partidos y nuestra sociedad.



Ésa es la verdadera herencia del franquismo. Un régimen que más que ideológico fue oportunista y clientelar. Manejó, por supuesto, los prejuicios ideológicos, bien reforzados por el integrismo religioso y el conservadurismo más retrógrado. Pero sobre todo “colocó” a muchas decenas de miles de estómagos agradecidos, cuya subsistencia dependía de la perpetuación del régimen. Y ese oportunismo interesado generó cobardías, maneras de ver la vida, actitudes conformistas, y una moral de encogimiento de hombros y de dejarse querer, que proliferó en las familias, en las empresas, en el enchufismo y las recomendaciones.

Las relaciones sociales y la propia moral individual no se acrisolaron suficientemente en esa labor pedagógica que siempre debe estar presente en la acción política (lucha ideológica se llamaba antes). Los que veníamos de la lucha antifranquista pensábamos que todo el mundo había aquilatado sus convicciones morales: muchos de nosotros lo habíamos hecho, unos porque descendían de familias con moral democrática y principios de izquierda, y otros porque (hijos de vencedores) tuvieron que sobreponerse a la “cultura” dominante. Así que descuidamos esa faceta de manera involuntariamente temeraria.

Y la escena pública democrática española -que hubo de integrar a mucha gente, tanto en puestos políticos como en responsabilidades funcionariales- se llenó de “gente de aluvión”. Gentes, mucha de las cuales volvieron por sus fueros y fueron tiñendo la estructura democrática de los viejos principios de las “colocaciones”, las recomendaciones, el clientelismo… El germen de las corruptelas, que la impunidad fue transformando en corrupción.

Ahí está el nudo del “atado y bien atado” que proclamó el dictador poco antes de morir. Un nudo de baja moralidad de “vendidos” por desidia, despreocupación o cobardía, que en estos momentos atenaza a un partido como el Popular, que pide a gritos una profunda regeneración para acabar con las “bandas organizadas”, que según las afirmaciones de jueces instructores y fiscales se amparan en su estructura. Y del que ningún partido u organización está a salvo, mientras no mantenga en su funcionamiento unos escrupulosos usos democráticos y transparentes, y unos eficientes mecanismos de control que eviten la aristocracia de los oportunistas.


Y ahí está una tarea de todos los que se sientan, o nos sintamos, con una cierta conciencia política y social, si queremos que haya un autentico cambio en nuestra sociedad, que no se arregla con un cambio de gobierno, ni con un mero cambio generacional. Sino con democracia, transparencia, y con el impulso de unas relaciones sociales que se rijan por la colaboración y la solidaridad, por la crítica abierta y constructiva, y por el convencimiento de que son los méritos y esfuerzos, individuales y colectivos, y no los padrinos los que nos van a hacer progresar como personas y como sociedad.


Basado en el art- Pues sí: “Atado y bien atado” de José Luís Martín Palacín

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