martes, 5 de abril de 2016

Todos contra Podemos (¿incluso Podemos?)

Ha habido un momento en estos últimos dos meses en que me ha rondado, de nuevo, con insistencia insidiosa, esa desagradable sensación, certeza, en realidad, de que somos unos perdedores natos y de que nos hemos acostumbrado a perder tanto que hemos incluso sublimado el hecho de perder, mitificando la pérdida como un valor, algo que llevo repitiendo desde hace mucho tiempo y que algunos de mis compañeros no me perdonan, sobre todo, cuando me burlo descarnadamente de nuestra pasión y amor por “los perdedores”, en el cine, en la literatura, y, cómo no, en la política.



Esta vez, se trata de esa sensación, certeza, en realidad, de que somos unos auténticos pardillos cuando jugamos al juego de la representación y de la política en general; algo que he dejado escrito también ya en varias ocasiones, incluso en estas páginas, hace tiempo… Por eso me interesó tanto el invento de Podemos desde el principio, porque Pablo Iglesias, Monedero, Carolina Bescansa, Miguel Urbán y Errejón, entre otros, salieron desde el principio a ganar, y, cuando repetían que Podemos era una máquina electoral hecha para ganar, no solo les entendí, sino que me encantó la idea, pues, por fin, desde “nuestra parte” alguien entendía el juego de la representación y lo iba a jugar con las reglas bien aprendidas y asumidas desde el principio. Por ejemplo, que desde las instituciones y desde la representación misma no se hace la revolución (incluso que puedes reforzar con tus decisiones y alianzas a quienes la retrasan o no la quieren), que la revolución social y política es otra cosa, que se hace de otra manera, mediante estrategias y conductas que se oponen en muchos casos necesariamente a la representación misma.

Sabían también, y lo asumían (aunque muchos no lo tuviesen claro) que el juego de la representación se fundamenta en la suma y no en la pureza ideológica, ética o política; esto es, sabían que el juego político de la representación era “otra cosa” muy diferente a lo que la izquierda tradicional, en todas su formas, había estado jugando durante décadas, desde el fracaso del PCE en la Transición (salvo el breve período de Anguita al frente de IU). Un juego, en suma, muy diferente a lo que nos gustaría que fuese a todos los que potencialmente apoyamos un cambio social y político profundo en la Europa y en la España actual.

Desde el principio también, tuve asumido que una buena parte de la izquierda tradicional, social y política, no había entendido el mensaje lanzado por Pablo Iglesias y el núcleo dirigente de Podemos, pues tales sectores, de origen y naturaleza muy diversa, no podían dejar de ver en Podemos ilusoriamente o una especie de movimiento de masas revolucionario, o una descafeinada versión del mismo; pero creía que con el baño de realidad y con la práctica política diaria irían asumiendo que el juego de la representación no tiene nada de épico ni de revolucionario; que, si se juega, es para gestionar una parte de las decisiones de carácter social y económico que nos afectan, pero solo una parte (ni siquiera la más importante); aunque hacerlo nosotros y que no lo hagan nuestros enemigos ya es algo, en realidad, mucho, por poco que les parezca a una buena parte de los sectores políticos y militantes antes mencionados.

Contaba, además, con que el sistema entero, los medios de comunicación y empresariales (que ya son lo mismo, desde El País o la SER, al ABC, La Razón o el TDT Party), los centros financieros, los aparatos de todos los partidos de la casta, la policía, los servicios de información… Que todo quisque se iba a volcar contra Podemos, contra ese invento que ha puesto en peligro sus cómodos estatus y les ha metido el miedo en el cuerpo… Contaba con la segura instrumentalización, por parte del viejo sistema político y del conglomerado mediático, de una debilitada y tambaleante Izquierda Unida, y, sobre todo, de la figura de Alberto Garzón; daba por descontada la ceguera y falta de cintura y finezza política de su aparato, liderado por Cayo Lara, auto-engañándose, por enésima vez, con la enésima “refundación” de IU (algo patético, si se mira con desafecto, y lastimoso, si se mira con cariño)… Contaba con todo ello, pero lo que me ha pillado con el pie cambiado, lo que me ha sorprendido es que seamos tan perdedores, que seamos tan pardillos que muchos entre nosotros no hayan reconocido siquiera el que se ha ganado, el que han ganado por una vez en la vida; que la irrupción de Podemos ha trastocado todo el chiringuito que tenían montado, que su sola irrupción en el mapa de la representación les ha obligado a replegarse y repensar sus posiciones en el tablero a la defensiva, por primera vez, en decenios.

Lo que no me esperaba es ese grado de desconcierto y confusión en nuestras filas… Primero, los compas de Compromís, que, nada más llegar al parlamento, dan la espantada del modo más extemporáneo e inoportuno; sin reparar en que, si estaban allí, era en buena parte por haberse sumado a esa maquinaria electoral, y olvidando una de las reglas básicas del juego de la representación, el de la suma, que gana quien más suma, no quien es más pequeño (o el más enrabietado, porque no le dan su caramelo) o quien más diferente se muestra; sin tener en cuenta, además, el buen uso de las portavocías que se estableció, casi de inmediato, en el propio grupo parlamentario de Podemos (ante la hostilidad de todos los demás grupos representados), dando relevancia a las candidaturas territoriales asociadas a la marca que les daba la fuerza de representación.

Luego la compañera Ada en busca de su partidito, impaciente e inquieta, que hace como un amago de ruptura pensando en sus propios cálculos territoriales, sin tener en cuenta que ha sido la confluencia y la convergencia con Podemos lo que le ha dado la oportunidad de gobernar su ciudad y lo que les ha convertido en una real alternativa política en Cataluña entera. Al mismo tiempo, en Galicia los compañeros de Podemos y de las mareas que se sienten preteridos por la dirección central, mientras sus líderes se pasan las respectivas facturas, como sucede en Euskadi, cuando están disputando al mismísimo PNV la posición electoral; y, por si faltaba poco, en Madrid, cuando suena la traca definitiva con las dimisiones y las peticiones de dimisión en la organización local, que es seguida inmediatamente por la fulminante destitución del secretario de organización Sergio Pascual.

La revolución, la agitación y la contestación social es otra cosa, eso es algo que depende de nosotros, del común, no de nuestros representantes
Por unas horas, por unos días, se nos presentó el tan temido por muchos de nosotros peor escenario de todos, “Podemos contra Podemos”. Una vez más, estábamos ante ese temido fantasma de los perdedores que son tan perdedores que no reconocen siquiera cuándo han ganado.

Y, entre tanto, Miguel Urbán y otros compañeros de la corriente Anticapitalistas que se desgañitaban en los medios afines llamando a la cordura y a revitalizar las raíces circulares y el proceso de abajo arriba que llevaron al nacimiento de Podemos, aunque inútilmente, porque me temo que ahí no está ya la clave del asunto Podemos.

Podemos dejó de ser un movimiento de masas, que decíamos antes, o ciudadano, que decimos ahora, en Vistalegre para convertirse en una maquinaria electoral, tal como se venía anunciando desde el principio, para ganar y disputar el gobierno a los viejos partidos de la casta; y, en ese juego, prácticamente solo se necesita sumar y aunar sensibilidades y propuestas que siendo complementarias posean un objetivo inmediato común: llegar al gobiernos o influir en el gobierno; si no se entiende esa elemental regla de la representación, no se ha entendido nada… La revolución, la agitación y la contestación social es otra cosa, eso es algo que depende de nosotros, del común, no de nuestros representantes; salir a las calles, tomarlas, organizarnos contra el poder que no nos representa o que nos representa deficientemente es cosa nuestra, no de los parlamentarios y concejales.

Otra cosa es que gran parte de los compañeros y compañeras que dinamizaban las calles y el tejido social rebelde se ha ido a las instituciones y que en ellas su labor es ya diferente; eso sucedió también en la Transición, por ejemplo, con el movimiento vecinal; por eso, o nos organizamos de nuevo, y tomamos las calles nosotros, y obligamos a nuestros representantes a que no se olviden de nosotros, o nadie las va a tomar en nuestro lugar; la calle es otro juego, y en ese juego también la regla es sumar, pero la expresión de esa suma es diversa y su visualización otra, así como las consecuencias de la división y la fragmentación; más profunda aún, pero tan negativa y desastrosa como en el ámbito de la representación.

Otra cosa es que la organización interna de Podemos, su estructura misma como tal maquinaria, y su capacidad de maniobrar, surgida y montada, por unos pocos, en poco más de un año, sea en sí mismo un auténtico milagro y necesite repensarse, tal como han propuesto estos días Íñigo Errejón y Pablo Echenique. Si lo consideramos detenidamente, su sola existencia, que no haya saltado aún por los aires, enfrentada a todos, incluso a sí misma, es una auténtica rareza política.

Como rara es la inteligencia lúcida y paciente de Íñigo Errejón (con unas declaraciones a Eldiario.es, del día 30 de marzo, que son para quitarse el sombrero, propias de alguien que sabe “para qué” está en política, desde “nuestro lado”; o esa inteligencia ejecutiva y estratégica de Pablo Iglesias, que, con cada decisión y movimiento que hace, obliga a replantearse la partida a todo dios, recuperando la iniciativa, cuando aparentemente la ha perdido. Es impresionante cómo ambos han asumido que el 80% de los españoles no quiere nuevas elecciones (que nada cambiarían, por cierto), y cómo una mayoría cualificada quiere que haya un acuerdo de gobierno posible que desplace al Partido Popular y a Mariano Rajoy, de una vez por todas, del poder central.

Y como son raras, también, la inteligencia globalizadora de Miguel Urbán, o la necesaria inteligencia empática de Pablo Echenique, dos personas imprescindibles del proyecto y del futuro de Podemos, o el temple de Carolina Bescansa y el empuje de Teresa Rodríguez; o la arrolladora fuerza y flexibilidad táctica y estratégica de las organizaciones de Cataluña, el País Vasco y Galicia. Rarezas que nos dan esperanza y me han obligado a pensar, estos últimos días, contra toda la tentación pesimista de hace un mes, que, tal vez, esta vez sí ganaremos, o nos acercaremos, al menos, a algo parecido al triunfo en el campo de la representación. Que no es el campo de la revolución, repito. Pues en ese otro campo, el de la revolución, todo depende de nosotros, los representados, no de los representantes; de nosotros y de hasta dónde queramos llegar en el cambio y sustitución de las reglas que rigen el sistema de juegos que nos constituyen (entre los que el de la representación solo es uno de ellos); pero también hasta dónde queremos cambiar y sustituir las reglas que afectan a nuestras propias vidas.

Pero hay algo más, si la representación es transversal, como lo es la búsqueda, por ejemplo, del consenso para la fragmentación de los territorios en entidades nacionales nuevas; la revolución no lo es. La revolución solo es posible en la confrontación abierta y declarada de los de abajo contra los de arriba. Es en ese sentido en el que Podemos es una maquinaria electoral, no revolucionaria. Y es en ese sentido también en el que nuestros compañeros de las CUP, o los que, desde “nuestro lado”, el de los comunes, se aferran al “derecho a decidir” (¿decidir qué?), o a la palabra República (¿qué tipo de República?), como a mantras de virtudes cuasi mágicas, se equivocan de cabo a rabo.

Un sistema/mundo, una realidad significativamente diferente a esta no llegará por las urnas, ni por ningún proceso constituyente. A través de las urnas o de un hipotético “proceso constituyente” (otro significante vacío o mantra que nos encanta repetirnos, pues, al parecer, nos tranquiliza y nos evita pensar) no se llegará a una realidad muy diferente de esta, pensarlo, suponerlo siquiera, es desconocer la potencia e intenciones de nuestros adversarios y enemigos de clase, los dueños del Casino; dispuestos quizás a cedernos, si les conviene a ellos, o para engatusarnos, una o dos partidas, la ilusión de la nación y la cabeza de un rey, si se tercia, pero nada más. Nada más. Esos han sido, por cierto, desde 1848, sus embelecos preferidos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario