viernes, 4 de noviembre de 2016

Rancio no, lo siguiente > Lo más rancio de España





Lo rancio es algo inabarcable. Algo que va mucho más allá de una mantequilla putrefacta o una película de Alfredo Landa. Es eso que nos escandaliza y nos apasiona a la vez. Por lo patético. Por su tufo horripilante. Lo rancio es ese material cultural que Pedro Vera lleva persiguiendo y documentando rigurosamente desde hace años en sus viñetas de Ranciofacts.

Esa labor ha convertido a este historietista murciano en un sabio actual de lo rancio. En «el experto, el descubridor, el apuntador, el detective, el catedrático, el comisario de la exposición rancia en la galería de la vida», según lo describe Santiago Segura en el prólogo de Rancio no, lo siguiente.
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Pedro Vera acaba de publicar este libro de «coletillas viejunas y chistes más caducados que el DNI de la Pasionaria, moho social, cochambre comunicativa, lugares comunes y vergüenzajenismo a quemarropa», junto al sello Caramba, de la editorial Astiberri.
El murciano lleva seis años a la caza y captura de este fenómeno lingüístico, social y actitudinal que azota a diario a la población mundial. Ese concepto que Santiago Segura visualiza en «esas cortezas de cerdo que llevan viviendo meses tras la grasienta mampara o mostrador de un bar ‘de los de antes’, los ‘cacahueses’ que te ofrecen amablemente en alguna casa tras llevar la bolsa abierta semanas en algún armario, el olor a cañería, a orín, a desagüe de esos baños de locales mugrientos en los que aún utilizan papel Elefante (sorprendente ya que dejó de fabricarse hace 30 años)».
Vera lanzó su primer testimonio rancio en otoño de 2010. Estaba hablando por mail con su amigo Pepe Colubi, el autor de California 83, y en la conversación salió algo que les hizo reír. Entonces, cuenta, «se me encendió una bombilla y dije: «¡Qué rancio es esto!». Al momento, fue a Twitter a contarlo. Vio que esa tarde había un hashtag como loco dando vueltas por la red social, #emmagarciafacts, y decidió crear uno similar para mostrar las ranciedades: #ranciofacts.
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En los primeros tuits publicó frases desahuciadas de contenido por la prensa, como, por ejemplo, ‘un marco incomparable’. «Empecé a saco», relata, «y fue como tirar un trozo de carne a una piscina de pirañas. Se convirtió en trending topic en 10 minutos».
A partir de entonces Pedro Vera comenzó a publicar algunas historietas de #ranciofacts en la revista para la que trabaja, El jueves. Era algo esporádico hasta que en la primavera de 2012 se convirtió en una sección fija. Y después llegaron tres libros: RanciofactsMi puto cuñado y el más reciente, Rancio no, lo siguiente.
Hay tanta cosa rancia por ahí suelta que Vera no da abasto. «Voy a tener que contratar a unos becarios», asegura. El material de su investigación es omnipresente. Está en la calle, en la prensa y casi hasta en el aire que respiramos. «Siempre voy con la oreja abierta. Hay que bajar a la calle y escuchar las conversaciones. A mí me ha pasado lo mismo que dijo el de Blade Runner: He visto cosas que vosotros no creeríais».
Vera piensa que a él le ocurrirá lo mismo que a los grandes arquitectos de las catedrales góticas. Es tanto lo que hay que documentar que él empezó la obra pero serán otros quienes la acaben varias generaciones después.
Entre sus documentos de trabajo hay archivos de texto donde apunta lo que ve y escucha, pero a veces, cuando quiere contrastar la información o ampliar sus fuentes, recurre a Twitter: «Tiro la caña y casi me hacen el esquema entero».
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Lo rancio surge a menudo por «vagancia a la hora de comunicarse», según Vera. «Es el socorrido tema del tiempo en el ascensor o pararte a mirar el buzón para no subir con el vecino». Pero, para el historietista, en pocos lugares se alcanzan las cotas de ranciedad de las bodas o las cenas de empresa. Lo que aún tiene pendiente abordar son las despedidas de soltero y de soltera. Es tanto, dice, que no sabe aún cómo meterle mano.
Detectar lo rancio es fácil. El murciano considera que «llega un momento en el que la gente se da cuenta de que lo que está diciendo es muy rancio». Eso ocurre cuando pasa un cochazo y alguien dice: «Es mi mayordomo, que me está trayendo el coche». O peor aún: «Es muy cuñado decir en una barra libre: ‘Esta ronda la pago yo’».
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Es curioso que eso que tanto repele a la vez fascine tanto. Vera tiene una respuesta. «Nos gusta tanto porque es un humor muy costumbrista. A no ser que seas de Marte, te gusta. Te identificas automáticamente. Son cosas muy cotidianas».
Para Vera, y para muchas personas más, se produce una especie de relación amor-odio. «Hay algunas cosas a las que les doy brea con saña», explica. «Otras las dibujo con complicidad. No quiero que desaparezcan, como, por ejemplo, las películas de romanos en Semana Santa. Todos los años las ponen y es una gran ranciedad, pero me gusta».
Muchas personas se preguntan si este gusto por lo rancio, esta atracción feroz por lo casposo, es algo propio de los españoles. Vera cree que es un humor muy humano, absolutamente planetario. «Tengo comprobado que es universal. Hace años me quedé muy sorprendido viendo la serie Seinfeld. Descubrí cosas que había dibujado en mis libros. Había muchos chistes recurrentes como ese de que un tipo dice que su cuñado es dibujante y otro le contesta que tenga cuidado porque puede acabar apareciendo en un dibujo».
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El siglo XXI es un generador acelerado de memes. Lo que no sabemos es si produce ranciedades con tanta alegría. Preguntamos al «desenmascarador de lo rancio, lo pútrido, lo obsoleto, lo caduco, lo que no hace avanzar a la sociedad», según Santiago Segura.
—Está lo rancio de toda la vida: la ranciedad eterna —contesta Vera—. Pero sí es verdad que las nuevas tecnologías están acelerando el proceso. Antes lo rancio se hacía popular a base de machacarlo. Podía tardar muchos años en darse a conocer. Ahora se puede crear una expresión muy graciosa a las 9 de la mañana y ya ser rancia por la noche.
Eso es lo que ocurrió con ‘Ola k ase’. Para Vera aquella expresión, aquel meme, fue rancio «desde el minuto uno. Lo han reventado en un día». Y eso ahora es algo habitual. Ranciedad de apenas 24 horas o, como las llama el murciano, «flor de un día».
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Socia fundadora de Yorokobu y subdirectora de Ling. Junto a Mario Tascón escribió el libro Twittergrafía. El arte de la nueva escritura y es coautora de la guía para los nuevos medios y las redes sociales Escribir en Internet, de Fundéu, y del libro Comunicación Slow. Todo lo que ahí cuenta está basado en hechos reales. Pero, a veces, es mejor la fantasía. Entonces cae algún #instarrelato 

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